reglas

Este es un blog no moderado. Pero no se aceptan los comentarios ofensivos, serán eliminados.

Usted puede reproducir libremente las entradas en este blog en cualquier medio y modificarlas siempre que estas modificaciones sean bien señaladas como no pertenecientes al autor original. No se permite la modificación del contenido de aquellas entradas que han sido tomadas de otros lugares.

lunes, 20 de agosto de 2012

Andar la Habana I

Habana de noche
Todos tenemos un lugar en el que el nos sentimos bien, un lugar donde hemos sido felices. Mi lugar favorito es la Plaza de Armas, en Habana Vieja, pero no a cualquier hora, llegando la medianoche, a la hora que ya no hay casi nadie en ella.

La descubrí una noche de 1999, estaba en el servicio militar y "Adelita se había ido con un comisario". La Habana con sus luces me atraía como a polilla, caminar por Obispo, por Prado, el Malecón, el Capitolio; era uno de mis entretenimientos. Fue en esas caminatas nocturnas, haciendo tiempo para regresar a la unidad militar y con ningún deseo de ir a casa, que comencé a enamorarme de "La Habana".

Eran los primeros años que comencé a tomar conciencia de lo que después un amigo definiría como la "Marca Che Guevara". Me molestaba cuando caminaba por Obispo y en cada esquina se escuchaba un grupito tocando "Idilio" o "Hasta Siempre". Me sentía traicionado, sentía que alguien estaba vendiendo una parte de mi ser, de mi identidad. Sobre todo me jodía que esa "identidad" se la vendieran a un grupo de borrachos interesados solamente en el buen ron , el tabaco y las caderas de una cubana, pero con la suerte de tener "dollars" y poder gastar en una noche meses de trabajo de mis padres. Después descubrí que no eran todos así, descubrí que me jodía más todavía cuando se la "vendían" a los peores, a los pseudo-izquierdosos.

Entonces "La Habana" y yo entrábamos en complicidad. Ella me mostraba sus dolores de edificios tambaleantes y yo le contaba mis penas. Eramos dos solitarios, ella me enseñaba sus secretos y yo me quejaba de que permitiera que la trataran como una gran puta, siendo tan señora. Hasta que una noche, la primera que tuve fuerzas para llegar al final de Obispo sin deseos de vomitar por los mercaderes en el templo, me mostró la Plaza de Armas, como no la había visto nunca, con sus farolas de luces amarillentas que la convertían en una especie de jardín mágico. Esa misma noche me llevó a la Plaza de la Catedral, cuando me dí cuenta, ya le había jurado amor eterno.

Por supuesto, es una cita a la que no he dejado de asistir, aunque no acudo tanto como quisiera. Si alguna vez llegas a la Plaza de Armas a medianoche, espera, escucha a la señora que sale a recolectar amores.

S@lu2 wzaldivar

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se ha producido un error en este gadget.

Páginas vistas en total